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CINCO CLOSE UPS DE LA LUCHA LIBRE
Por Magali Tercero
 
 
I.
Inclinado sobre la cabeza de su contrincante, el Negro Cuéllar –larga cabellera negra, torso desnudo y calzón blanco– encaja los dientes en la sien izquierda de El Apache, postrado a sus pies. Decenas de pares de ojos hipnotizados siguen la acción. Las bocas se abren y emiten un grito sordo. Echando la cabellera hacia atrás con un vigoroso movimiento del cuello, el luchador escupe hacia arriba un chorro de sangre que viaja brevemente por los aires. Aíslo en la mente su figura y me quedo con una imagen: el cuerpo masculino en tensión, el pecho arqueado hacia atrás, los brazos extendidos con las palmas en actitud de recibir, las piernas semiflexionadas y abiertas, visible el pecho lampiño, el fuerte cuello echado hacia atrás y la cabellera ondulante sobre la espalda. El gesto de este cuerpo es imperioso. “Los luchadores son como dioses”, dijo alguna vez doña Virginia, la más apasionada de las fieles a la lucha libre, la que tiene en su casa un altar para honrar a sus dioses terrenales: Máscara Sagrada, El Hijo del Santo, Los Ángeles Blancos…

“¡Ya déjalo pinche greñudo!”, exclama a mi espalda una mujer enfurecida. “Parecen perros. Esas no son luchas, son peleas callejeras”, completa a grito pelado otra mujer más joven. Por sexta vez El Negro Cuéllar muerde ferozmente a su rival. Por sexta vez echa hacia atrás con cierta gallardía hombros y cabeza, y escupe un abundante chorro de sangre. Pienso en Dante, en el mar helado donde un pecador se dedica a roer perennemente el cráneo del que en vida fue su peor enemigo. Un niño canta por lo bajo: “Había un chorrito, se hacía grandote, se hacía chiquito”.

Esta sangre es muy rara. Extrañamente clara y densa. “¿Es pintura?”, pregunta Rocío a mi lado. “Es sangre”, dice tajante la mujer que antes se desgañitaba. “Bueno…. Un poco es sangre, un poco es pintura”, corrige su esposo. “Lo más frecuente son las mordidas y las heridas en la cara”, comenta el doctor Esteban Núñez de Cáceres, médico de planta en la Arena Revolución. Al Pirata Morgan tuvimos que pararle una lucha por una hemorragia fortísima que tuvo al estrellarse con un poste. Se hizo una herida que iba del párpado al cráneo y necesitó 22 costuras”.

De pronto El Apache sale corriendo hacia el pasillo más próximo a nuestra fila: lo persiguen dos de los rudos y lo acorralan contra un muro. La mujer vuelve a increpar a los luchadores: “¡Ya déjalo pinche greñudo!” “Soy hippie, soy hippie”, contesta el otro con un sonsonete burlón, sacando, retador, el pecho. Rocío y yo observamos detenidamente los cuerpos de los luchadores que nos quedan más cerca: “¿Ya ves?”, me dice ella después de una revisión minuciosa. “Te dije que Fuerza Guerrera estaba muy bueno, todos los demás están regordetitos”. “Han de comer puro sope”, interviene un muchacho. “Y qué tal las chelas”, dice otro señor. Me sorprende que el luchador cambie tanto visto de este lado de la arena. Es un mortal más, sólo que vestido ridículamente. ¿Pero cuál es la transformación que ocurre en la escena?

Mientras suceden estas cosas el público ruge apasionado. Dos filas más abajo una ancianita vestida con falda café y saco del mismo color con lunares blancos, agita el negrísimo chongo Loreal rematado con un moño color sangre. “¡Déjenlo, déjenlo”, grita sin cesar Esperanza Rodríguez. Se levanta intempestivamente de su asiento y agita el puño amenazante en dirección a la arena. Sorprende su vigor –en contraste con la fragilidad del cuerpo, la escoliosis pronunciada de la espalda, así como la apaciguada figura del marido, un hombre setentón de cabello cano y anchos hombros. Bajo a comentarle que la veo muy emocionada con las luchas. “Estoy aquí por prescripción médica –contesta con risas– estaba yo muy enferma de los nervios y mi doctor me dijo que viniera aquí para que me desahogara. Él dijo ´vaya a algún lado donde grite, si no puede ir a las luchas agarre un cojín en su casa y grite muy fuerte´. Y ahora hago esto todos los domingos”. “¿Y le ha servido?” “Uy, muchísimo”, dice la ancianita. Mi amigo Carlos Roces me ha contado, a su vez, una anécdota sobre su hermana: “Cada vez que iba a las luchas le cambiaba la personalidad. Ella, que era muy modosita, muy hispana, se ponía a gritar durante el espectáculo: “¡Mátalo, mátalo asesino!” Después llegaba a casa y volvía a ser la misma niña adorable que coleccionaba estampitas de la lucha libre”. Algo parecido debe ocurrirle al niño gordo que tengo al lado. Vestido con camiseta de rayitas, notoriamente más anchas a la altura de la panza, enrojece complacido cada vez que un rudo se encarniza con un técnico. A su lado sus padres sonríen celestialmente. “Venimos porque nuestro hijito se divierte mucho”.

El público se agita más. El Apache camina de un lado a otro de la arena señalando su propia cabeza. Está pidiendo al juez la revancha contra El Negro Cuéllar. Todo mundo está a favor del representante de los técnicos y en contra del rudo que lo castigó. “Es la lucha entre el bien y el mal y la gente va a ver cómo triunfa el primero”, me ha dicho el autor de la obra Máscara contra cabellera, Víctor Hugo Rascón Banda. El Apache quiere una lucha en la que se juegue cabellera contra cabellera para que sea rapado el que pierda, pero El Negro Cuéllar se niega al tiempo que recula hacia los vestidores. En esos momentos es un Sansón temeroso. Está claro que no se arriesgará a perder la cabellera. Todos sus gestos indican que ésta es parte de su orgullo viril. Se gana el abucheo general. “Estás muy indio para ser hippie”, le grita la señora beligerante que hace rato lo trataba de pinche greñudo. La observo y me encuentro con un rostro que podría ser el de la hermana del Negro Cuéllar. Cuando quiero entrevistarla sus anchos labios se despliegan en una agradable sonrisa suficiente para olvidar su combatividad de perfecta aficionada a la lucha libre. Las mujeres son mucho más escandalosas que los hombres, los adolescentes y los niños. Algunas muestran sin pudor una enorme violencia interior. ¿Por qué es tan histérica la afición femenina? Las “boquitas de fresa de las amas de casa”, como las llamó alguna vez José Joaquín Blanco, escupen toda clase de sabandijas. Con frecuencia se establecen feroces duelos verbales entre ellas y los luchadores. Como El Mongol, un luchador de unos 50 años con buena presencia escénica. Es un provocador. Gracioso además. “Jálate los ojos para que te crezcan, pinche perro”, le grita otra dama desde la octava fila. Y él contesta gesticulando, airado. ¿Finge? Todo es fingimiento en la lucha libre. Circo, maroma y teatro. Pero igualmente cierto es que todo es real. (Aunque… ¿qué no es teatro en la vida?). “Un 25 por ciento de ficción –dijo un espectador– porque si no… ¿a qué vendríamos?” Cada violencia es anunciada por la víctima con ruidosos golpes en el piso, con gritos y aullidos. Cada vez que alguien logra que el contrario sangre ambos encuentran la forma de que la mancha roja se extienda por sus rostros y cuerpos y los tiña espectacularmente. La peste roja. ¿Cómo distinguir entre verdad y simulacro? Los juegos de los niños comienzan en broma y terminan con madrazos de a verdad. “Juegos de manos son de villanos”, me dijo un día el condiscípulo más serio de la escuela secundaria. “¿Qué es lo que más te gusta de la lucha libre?”, pregunto a un adolescente de cuerpo esbelto y correoso. Me mira hosco. Todos sus músculos están en tensión. “¡Que se sangren”, contesta finalmente.

 
 
II.
El público está furioso con los jueces. “Oiga señorita, usted que es reportera –me dice el señor que antes explicó lo del “poquito de sangre y poquito de pintura” –haga una llamada de atención a la Comisión de Lucha Libre. Los jueces que mandan no conocen ni una finta de lucha, no saben ni qué llave es, no saben nada tocante a la lucha. Estos señores nomás vienen a sentarse para ganar el dinero. Los asientos del señor juez y del doctor están aquí frente a la arena. Vea hasta dónde está: cuidando el baño de las mujeres”. “Y el doctor se la vive platicando con las damas –interviene su mujer. Así ganan el dinero: sentados. Hace un año está arena se llenaba a reventar”.

“¡Déjalo Gato! ¡Ya no le ayudes! ¿Y tú qué te traes Fresero?”. Mis vecinas echan fuego por los ojos. “Los réferis también son unos tramposos. Siempre favorecen a los rudos. ¿No vio cómo estaban deteniendo al Apache parta que le pegaran mejor? ¿Y qué tal cuando un técnico está castigando a un rudo? No lo dejan. Vea, vea. Ahorita los dos réferis están deteniendo a los dos técnicos para que no defiendan a su compañero de los otros tres”. Normalmente los enfrentamientos ocurren entre una tercia de buenos y otra de malos. Cuando los luchadores son más famosos luchan en pareja o individualmente, de modo que es lógico que los grandes titulares de En esta esquina, la más famosa publicación de la lucha libre, cuestionen a los héroes de la arena: “O chiflas o comes pinole Gran Davis”.


III.
Tercera lucha de la tarde: El Rocambole ha inmovilizado a El Águila Solitaria con un candado a la cabeza. Hace unos minutos este último hizo una entrada espectacular a la arena, acompañado de un águila mansamente agarrada a su antebrazo izquierdo. “Eso es algo bien bonito de la lucha libre”, me ha dicho Alicia Lozano, una señora de tez morena y cabeza completamente blanca. Ella cuenta cómo El Murciélago se presentaba con sus respectivos murciélagos. “Se iban volando, todos ellos muy negritos, hacia el techo. Era una impresión verlo”. Otro era El Cavernario, que siempre traía su víbora. “¡Un día la partió en dos de una mordida! ¿Usted cree?” Eso fue en la Arena Coliseo, hace muchos años. También aparecía El Bulldog con su perrote que luego se ponía a ladrar. Y otro más El Médico Asesino con su maletín negro. Esos fueron los que vi luchar en los buenos tiempos, cuando la lucha libre era de a verdad, hace treinta años”, cuenta el esposo de la señora de cabellera blanca.

Volteo hacia la arena y veo a tres rudos sorprendentemente elegantes. Llevan máscaras doradas, calzón dorado, mallas amarillas, tobilleras doradas… Otro es el atuendo de El Águila: calzón plateado, mallas negras, rodilleras plateadas. Jorge Alejandro Mendoza, de 17 años, un joven que quiere ser luchador entrena cuatro horas diarias con Ray Mendoza, “porque para eso soy muy bueno, y no para los estudios”, me dice que hay luchadores especializados en confeccionar estos trajes de fantasía, como Fuerza Guerrera, quien entrena en el gimnasio ubicado atrás del Mercado de Sonora.

La parafernalia que acompaña a la lucha libre surge de un mundo por completo infantil donde todos nos instalamos a nuestras anchas. En varios puntos de la arena se desarrolla una misma escena protagonizada por diferentes actores: los enamorados que entre besos y risas simulan hacerse las mismas llaves que están viendo en escena. Muy cerca de mi hay dos chicos casi púberes. Ella, de mejillas rojas y cabellos rizados, una auténtica “carita sonriente”, se sube a la silla y pega de brincos cada vez que los técnicos triunfan. “Yo les voy a los rudos”, dice Juan Carlos. Carmen interviene dándole un codazo: “Es que él es bien tramposo”. Siempre me dice que ya les va a ir a los técnicos y no es cierto. “Pero qué tal te dio tu ´kiko´ hace rato, le digo. Yo los vi”. La muchacha enrojece aún más y está a punto de taparse el rostro con el extremo de la falda. Se ríe y vuelve a reirse con la carita toda roja, como ha hecho a lo largo de la tarde. Otra pareja se entretiene con el mismo juego de las llaves. Aunque ella está embarazada logra aplicarle un candado al brazo de su marido. Se intimidan muchísimo cuando me acerco.

 
 
IV.
Tres minutos más tarde El Águila se libra de su contrincante. Ahora es él quien se impone sobre los tres rudos. “¡Duro, duro!”, le grita el público cuando logra castigarlos. Sin embargo El Gato declara ganadores a los odiados rudos. Error. El Águila lo lanza al suelo y el público patalea y grita de gusto. Las mentadas de madre contra los rudos se oyen en todos los rincones. “Dale con una silla”, dice un niño. A continuación los técnicos se autodeclaran ganadores. El público aplaude a rabiar.
“¡Vendido! ¿Cuánto te pagaron?”
“¿Cuánto vales?”, le gritan al réferi. “Esto es el colmo”, exclama Manuel Mendoza, ex boxeador y ex sargento de la policía.
“¡Ese trae chacos en las espinillas!”, exclama alguien del público refiriéndose al Kung Fu, un luchador con aspecto de rufián. Es una especie de payaso karateca con zapatillas de piso y, según una revista de lucha libre, “gusta del pugilismo en estilo tailandés, donde se admiten patadas, rodillazos y lo que se pueda”. Esto último hay que tomarlo al pie de la letra: entre las ropas trae escondidos no sólo los chacos, sino unos boxers que después se colocará en los puños para aplastarle la cara al rival, y unos fierros punzantes. “¡Cámara!, exclama una adolescente a mi lado, ya lo va a picar”. Y efectivamente pica al contrincante muy cerca de los testículos. Este Kung Fu es un cerdo. El otro se revuelca en el piso. Después se levanta y comienza a caminar enfurecido señalándose los huevos. El público masculino abre los ojos desmesuradamente. “Ora sí te chingaron, mano”. En cambio algunas mujeres sueltan la carcajada. Pero el Kung Fu es un diablo. Ahora está muy ocupado agrediendo a otro de los buenos en el cuello. Y el juez, como si nada. Esto es indignante. “¡Juez de pacotilla, haz algo!”, le gritan, mientras, cínico, el Kung Fu se da una vueltecita. Alzando los brazos por encima de la cabeza le indica al público que está limpio. “A mi, que me esculquen”, parece decir achicando aún más los ojillos de oriental... “Tiene cara de chino cabrón”, dice un chico de unos trece años metiéndose a la boca un puñado de charales con limón y chile piquín. Y qué va a estar limpio. Acaba de meterse el fierrito en los pantalones anaranjados de karateca. Y ahí va de nuevo a la arena, dando saltitos con sus zapatillas. “¿No crees que está borracho, mamá? Mira como zizgzaguea”, señala un joven con cara de pocos amigos.

Abandono mi lugar, grabadora en ristre, y atravieso el local en busca del juez. Muy cerca de la salida le pregunto: “Oiga, ¿por qué no ha intervenido usted? Ese Kung Fu está haciendo un montón de trampas: ya sacó unos boxers y un fierro”.
–Pero ya le quitaron el fierro, replica….
–Sí, pero sigue haciendo trampas… ¿Qué su lugar no es allá?, le reclamo…
–Es que vine a la taquilla pero ahorita voy a averiguar cómo está la situación y le informo, ¿eh?, responde el juez para acto seguido desaparecer de mi vista.

Segundos después me topo con el Jefe de Seguridad, Francisco Rodríguez, un tipo de aspecto fuerte y expresión dura. “Yo tengo un hermano luchador –comienza–, que es el Rey David, y me tocó por experiencia que lo agredieran. Eso me disgustaba mucho, por eso acepté su puesto. Así podía vigilar. Aquí hay mucha agresión. Mucha gente no sabe lo que es un deporte. Vienen a desahogarse pero haciendo lo que no hacen en su casa. No le puedo contar exactamente anécdotas. Lo único que le puedo decir es que a veces la agresión del público nos hace ser iguales a nosotros. Y entonces se torna muy peligroso, muy duro. Muchas veces hemos tenido altercados en la calle porque la gente lo tiene identificado a uno. Es como los judiciales: siempre hay qué comer con la vista hacia el frente.

 
 
V.
Queda para el final el plato fuerte de la noche: Konan el cubano (este sí buenísimo) vs. El Cien Caras. Ambos son anunciados con un mini espectáculo de luz y sonido. El reflector de luz azul enfocado hacia la pista. La música de La Guerra de las Galaxias a todo volumen.

Los niños, sobre todo, están a la expectativa. Sus pequeños rostros reflejan un mismo asombro, un mismo deleite. En un momento dado alzan los brazos y abren y cierran las manitas en el aire. “Culero, culero”, loe gritan al Gran Davis, que esta noche le ha dado una injusta preferencia al Cien Caras. Termina la función con la victoria de éste último y todos dejamos la arena inconformes. Por los altavoces se escucha la cumbia de los luchadores: “El Santo, El Cavernario, Blue Demon y El Bulldog / Y mételes la ´wilbur´, la quebradora y el tirabuzón. ¡Sácalo del ring!” Al día siguiente nos desayunaremos con la noticia de que el Gran Davis murió de un infarto el mismo domingo. Alguien me comenta que durante una semana no se habló de otra cosa en las cantinas de la ciudad. “¿Supiste? ¡Murió el Gran Davis!”. Pero hoy domingo por la noche Konan es el héroe (aunque vencido). Perseguido por sus fans, apenas puede salir de la arena. Observo las masas de músculos que saltan por debajo de la piel de su espalda mientras forcejea un poco para librarse de la multitud. Niños, adolescentes y adultos lo siguen ansiosos hasta el auto. Tocan sus brazos, su espalda, su ropa. “El cuarto donde vivimos mi mamá y yo –me cuenta Rocío Lozano, de 21 años, está lleno de fotos de todos los luchadores, máscaras, llaveros, novedades que salen como los pepsilindros y los botoncitos. Cada ocho días compramos Box y lucha y la leemos toda. Yo tengo dos álbumes, porque me he retratado con casi todos los luchadores y a todos les pido su autógrafo”.

“Para las fans Konan es su vida, por eso no lo celo”, me cuenta ya en la calle la novia del héroe: una rubia espectacular que conduce un impecable Mustang blanco. Alrededor de Konan hay un enjambre de chamacos.

“El pueblo necesita ídolos”, me dijo días antes Víctor Hugo Rascón. “Todos necesitamos ídolos”, dice convencido un hombre de unos sesenta años que cada domingo llega a la Arena Revolución acompañado de su madre, con 85 años a cuestas. “¿Qué es lo que más le gusta de la lucha libre, señora?” La anciana señala con un gesto vago a la multitud de niñitos que sigue a Konan. “Esto, esto es lo que más me gusta”, exclama volviendo a tomar del brazo a su hijo.

 
 
CRÉDITO:
Publicado en la revista Milenio. México, 1991.
 
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