Que los bloqueos creativos me agarren confesada pienso mientras dificultosamente decido por dónde comenzar esta crónica: 1) ¿por el enjaulado corazón de cerdo parecido a un corazón humano que hipnotiza a 40 espectadores mientras un performancero encadenado –nalgas desnudas asomándose por el pantalón roto– baila con una sinuosa maniquí de alambre?; 2) ¿por un regordete rasta rubio de nombre Sol, quien pregunta con voz dulce y aniñada quién eres amiga quién eres? 3) ¿por cierta frase de Bukowski resplandeciendo en mi mente mientras la grabadora registra las ideas de un altísimo y desnutrido punk de cresta flamígera diciendo con gravedad resentida “en San Juanico estamos los más puteados, yo lucho contra la injusticia”? 4) ¿por la muchacha bajita de bermudas rosas y trenzas ralas que se agarró a madrazos con otra chica junto al puesto de tatuajes?; 5) ¿por aquel insidioso “¿por qué tus negras historias de pobres?” escuchado años atrás en una oficina clean?; 6) ¿por el talonero que agarraron robando en el estacionamiento y corrieron a golpes, a dos milímetros de esta cronista, por pasarse de lanza?; 7) ¿por la Mujer Zanahoria enamorada de Caballo Loco, un poeta muerto en el arroyo como se decía en las novelas del siglo XIX?; 8) ¿por el joven editor de Eje Central –la revista de carátula roja con Dalí mirando inquisitivo al lector– negando enfáticamente que el emblemático Tianguis Cultural del Chopo de la ciudad de México sea un lugar para “chamacos mugrosos y mariguanos”? ¿Por dónde empezar pues? ¿Por el principio, es decir por Pablo, el menudito músico tepiteño de las calles de Londres –compositor con su grupo Los Traviesos de “Historia de un minuto”, rola célebre durante los noventa en estaciones de metro, peseros y autobuses y luego lanzada comercialmente por Efecto Tequila y por Interpuesto? ¿Por el “caminante de todos los caminos”, como se autonombra, quien, sabiéndome cronista propuso ser mi Virgilio del underground londinense hará unos seis meses? ¿Por El Pablo, que aquella madrugada, con su pinta de olvidado, mostró su perfecto ojo falso made in Germany, sostenido entre los dedos pulgar e índice, y gritó violento, desesperado: “¡ve la realidad, ve la realidad!”?, extendiendo ambos brazos bajo la luz blanca del antro baratísimo de bagels judíos?¿Por dónde comenzar, pues, si decenas de imágenes se agolpan en la cabeza impidiendo contar cómo la noche oscura del East londinense sembró la semilla de esta crónica sobre el Tianguis Cultural del Chopo que cumple 25 de existencia? I. EL CHINASKI CHILANGO “¡Me quitaron la bolsa! ¿Tienes diez pesos? ¿Tienes una pluma? ¿Me alcanzas el volante de la tocada en Ecatepec?”. Digo todo esto cual si fuera ametralladora. El blanco es el “Chinaski”, de Generación, la publicación que según Guillermo Fadanelli conserva su espíritu de fanzine, y a la cual ninguna supera en ventas, ni siquiera Sangre y cenizas. Me agarro al Chinaski como si pudiera salvarme. Es la primera cara conocida que veo al llegar por tercer sábado consecutivo al Tianguis de la colonia Guerrero, a unos pasos de Insurgentes y la estación Buenavista. Mi interlocutor –rizos enredados, pachoncito, con una cojera notable, buen verbo, pancita chelera y mucho ángel– se ve discretamente espantado. “Cómo, a qué hora, dónde, pues cómo traías la bolsa…” Las preguntas le traban la lengua, pero Jaime Magaña Chinaski “para servir a usted porque nadie se parece a Bukowski como yo”, se apresura a esculcarse los bolsillos. Rápidamente, pues sé que la Delegación trae al tianguis entre ceja y ceja, aclaro: “fue cuando venía para acá, allá por Londres, lejos de aquí. Le pedí aventón a un camión de la ruta Insurgentes–Indios Verdes que traía un enorme Cristo negro de madera junto al espejo y rosas rojas como ofrenda”. Chinaski me mira fijo y del pantalón beige de tiro bajo y valencianas arrugadas emergen relucientes una moneda y una bic negra. “Papel no tengo pero buena suerte”, desea con sonrisa de conejo asustado. “Por aquí voy a andar”, replico cuando un chavito con aspecto de charal –a lo mejor es sólo el ansia que lo encoge– pide al Chinaski el ejemplar de los vampiros, agotado según pude comprobar en este Tianguis donde los darkies fueron conquistándose la peor de las famas desde 1981. De modo que aquí estoy: recién asaltada, jeans negros desgastados, camisa blanca, gafas de pasta negra, cabellos revueltos por la agitación de perseguir inútilmente mi bolsa robada en la gran ciudad chilanga intentando almacenar imágenes y sonidos en el cerebro lleno de adrenalina y deseosa de apresar la esencia de lo que ahora llaman el Chopping. “¿No estaré haciendo puro turismo sociológico?”, me pregunto insegura mientras recuerdo cómo corrimos todos tras el adolescente talón: el señor atildado paseando por la avenida vacía, el vendedor ambulante, la dueña del perro que hacía sus necesidades frente a la Librería Buñuel, cerrada bajo el anuncio ya habitual en Insurgentes: “Se vende edificio completo”. Sí, la melancólica imagen de un local que vio sus mejores tiempos cuando la Zona Rosa florecía cosmopolita: los murales efímeros de Cuevas, los happenings contraculturales de Gurrola y Jodorowsky, el cielo surcado por el helicóptero donde Vicente Leñero recopilaba información para escribir sobre las ciudades de México. II. CORAZÓN DE CERDO Una multitud de ojos sigue con atención creciente los movimientos de un tipo flaco de greña larga, torso desnudo y pantalón agujerado. En el escenario se escucha música heavy –metalera mientras Antonio abre una jaula plateada de dimensiones reducidas y saca un corazón de cerdo atravesado por una daga. Ustedes dirán qué mamada pero cuando arranca el cuchillo, con ese gesto absorto 40 gargantas emiten un profundo ¡agh! Y cuando el performancero sabatino –entre semana se dedica a la mecánica– acerca la víscera a los espectadores, dos rudos darkies dan algunos temerosos pasos hacia atrás. Uno –maquillaje blanco y cresta azul eléctrico coronando su look– pregunta falseando la voz: ¿es un corazón humano, “¿es de vaca?” Su chava, una punk con encajes negros y ojos violeta como de ópera china, susurra “no buey, es de cerdo” mientras los demás respiramos hondo al ver cómo coloca el corazón en el pecho hueco de la sinuosa maniquí de alambre y la entierra furiosamente bajo cientos de hojas secas salidas Dios sabrá de dónde, insistiendo en dar fin a este funeral acotado por dos versos: “Ausencia que se envuelve con el frío/ vacío que se cobija con la ausencia”. Varias semanas después hará algunas definiciones: “Soy artista plástico y escénico. Me gusta del dolor hacer arte porque la oscuridad no es la apariencia sino la esencia. El performance es un producto de moda, me he topado con personas pintarrajeadas y vestidas de negro que le hacen al tonto, pero utilizo estos vehículos para que salga a flor mi creatividad. Los seres humanos estamos expuestos a lo negativo de la vida y aquél que viva sólo en lo bonito no pertenece a esta dimensión”, informa dejándome casi sin aliento. –¿Qué haces entonces con tu lado oscuro?
–Procesar esa negrura y plantearla con versos y acciones plásticas. Escucha estos versos de Leopoldo María Panero, un poeta contemporáneo radical: “La vida es una ebriedad de espanto/ un lugar en el cieno”. –Tu performance del corazón de cerdo me hizo recordar emocionada una postal holandesa con la fotografía de un corazón formado con decenas de chiles rojos que se llamaba “Desde el corazón de México”. –Cuando enterré el corazón fue el momento catártico de esta pieza hecha por una situación emocional. Vengo arrastrando vínculos con mujeres y estoy harto. La historia es sencilla y compleja: un personaje atado con cadenas llenas de fotos busca su corazón. El meollo está cuando aparece un maniquí con fotografías que usa para traer a la mujer al presente. Conforme el personaje va profundizando se mueven sus emociones. Utilizo la memoria para convocar estados de ánimo. Estoy pasando por otra etapa de de hundimiento existencial y lo exteriorizo así: “Como un perro me ladro a mí mismo y escarbo en los restos de mi alma/ igual a alguien que quiso ser/ y se convirtió en vapor de sí mismo”. – ¿Qué otros temas te interesan?, pregunto pensando en ese querer ser lleno de impotencia manifestado por varios entrevistados. –La religión, aunque me lo han reprochado porque no caigo en clichés. En mi nuevo performance uso alas desgastadas para un ángel crucificado. Oye estos versos de Panero: “¿Quién me fuerza a vivir con su látigo restallando a diario en mi espalda?” Me generan una reminiscencia hacia la pasión de Cristo trasladada a la pasión humana. –¿El Chopping sigue siendo contracultural? –Claro, siempre hay diferencias sociales… La entrevista finaliza al tiempo que, por una de esas coincidencias cargadas de sentido según los subterráneos del Chopo, se escucha la rola de Haragán y Cía sobre un Cristo de Iztapalapa: “Quería seguir los pasos de Jesús… lo crucificaron en una cruz/ Él es un Jesucrito del barrio”. (Fragmento) |