DAMIEN HIRST: La ira de Dios (El terror es belleza), 2005 Fotografía cortesía Galería Hilario Galguera
Damien Hirst/ La muerte de Dios hasta agosto 31, 2006 galería hilario galguera/ previa cita francisco pimentel #3 col. san rafael méxico, d.f. tel. 5546 6703 cerca de metro san cosme
DAMIEN HIRST CONTRA EL SANTO.
"Todo en el mundo de hoy está estilizado y empaquetado, y Emin y Hirst están tratando de decir esto es una cama, esto es una muerte, esto es un cuerpo. Ellos intentan redefinir los elementos básicos de la realidad, recapturarlos de los ad men que han secuestrado nuestro mundo." J.G. Ballard
I. Close up de lucha libre: Damien Hirst entre el Bien y el Mal. De modo que ahí estaba el mismísimo Damien Hirst todo descamisado y sudoroso, cabeceando como cordero inmune a la violencia de este bloody world al tiempo que rebotaban sus compactas llantitas cuarentonas de padre de familia con un lejano, aunque bien explotado, pasado punk. Sí, ahí lo teníamos de cuerpo entero, ofreciendo un exiguo simulacro de batalla a dos destacados representantes de la lucha libre en México, deslumbrado por los flashazos de la noche. Clic, clic, clic. ¿De verdad nos hallábamos ante la sagrada batalla entre el Bien y el Mal por la que hoy suspira (esnif esnif esnob esnob) nuestra clase media alta intelectual tan inconsciente de su histórico sentimiento de inferioridad colonial? Esta pregunta no puede contestarse aún, a pesar de que, a un lado de esta cronista, una mujer parecía escandalizarse: “¿Esto es frívolo? ¿Esto es no tener sentido del ridículo? Esto, ¿qué es?”, repetía mientras su compañero contestaba, para mayor risa de los amigos: “Aquí los pendejos somos nosotros. ¿Sabes cuánto cobra por cada foto? ¿Imaginas cuántas portadas vendió ya?” Era la noche del 23 de febrero de 2006 y un gentío ecléctico se agolpaba en el Museo Casa de la Bola, la residencia campestre de Tacubaya cuyo primer propietario, registrado en 1600, fue el inquisidor Francisco de Bazán y Albornoz. Ahí estaba también la mismísima crema y nata del mainstream mexicano del arte conceptual –narices alzadas, besos resoplados en las mejillas de quienes sin pertenecer osaban dirigirse a ellos. Era La Noche y allí se agolpaban también, en los jardines decimonónicos de lo que fue la ex casona de los actuales Rincón Gallardo, numerosos miembros de nuestra clase política, según especuló alguien que ha asistido a mil cenas oficiales y reconoció cortesías y tics priístas, formalidades lujosas en el vestir y hartos entusiasmos masculinos por la coreografía de la lucha.
II. Maridaje contemporáneo entre arte y poder monetario. Hay un momento de seductora sinceridad en Errata. El examen de una vida, la autobiografía de George Steiner, el intelectual orgullosamente judío que desde niño se considera “poseído por la santidad de lo minúsculo particular a la que se refería Blake”. Ahí el eterno admirador de la amplísima diversidad de sustancias y formas del mundo desliza una especie de gracioso lamento: “Los teóricos en el poder consideran mi propia obra, si es que la consideran de algún modo, como impresionismo arcaico. La invocación de la teoría en el terreno de las humanidades, en la historia y en los estudios sociales, en la evaluación de la literatura y las artes, me parece mendaz […] mero autoengaño […] una actitud de cobardía frente al prestigio de las ciencias”. ¿Quedó claro? Bueno, sirva esto como prolegómeno al tema de Damien Hirst, el célebre y muy controvertido artista inglés de los tiburones en formol y los corderos crucificados –cuya exposición La muerte de Dios. Hacia un mejor entendimiento de la vida sin Dios a bordo de la nave de los locos está en la ciudad de México hasta agosto 31, en la Galería Hilario Galguera.
III. ¿Más interesante el fenómeno mercadotécnico que la obra? Ya lo había advertido Daniela Kiehnle, fotógrafa de 27 años crecida entre México, Estados Unidos y Alemania: “Me interesa más el fenómeno alrededor de Hirst que su obra”. Pero… ¿quién iba a pensar que amenizarían Los Internacionales, grupo de moda para bodas elegantonas y que nos alimentarían con pretenciosos pero empanizados camarones rellenos de queso servidos con el profesionalismo de los viejos meseros, sus deliciosas maneras old fashioned y su amplia disposición para servir whiskys a granel?
¿Vale su peso en oro el inglés consentido del Young British Art (YBAs), BritArt en dialecto minimal, movimiento articulado por el ex responsable de imagen de Margaret Thatcher, el ex publicista y ahora galero Charles Saatchi siempre criticado por sus artistas “que sólo saben provocar”? Vale su peso en oro, sí señor, y por ello, quizá, esa misma noche se lanzó el rumor –así hacen los galeros según una reputada dealer mexicana– de que la superestrella del arte contemporáneo, nombrada por ArtReview como el artista más influyente del año 2005, ya había vendido 40 millones de dólares en obra. Por cierto, el portavoz de Saatchi, William Miller, no piensa que las multitudes recorran por morbo los magníficos salones del ex County Hall ribereño, no, él espera “que vengan con la idea de contemplar grandes obras de arte, no de entrar en la casa del terror”. Unos días antes de la fiesta quien esto escribe había recibido un correo de un lector desconocido, el joven ginecólogo Pepe Yáñez, para conocer las impresiones sobre la muestra. ¿Qué le iba a decir?
DAMIEN HIRST: En el nombre del Padre, 2005 Fotografía cortesía Galería Hilario Galguera
Pues una verdad impresionista y arcaica. La exhibición me causó emociones diversas con todo y verla repetitiva con respecto al trabajo de finales de los 90. Hizo que profundas capas geológicas se movieran dentro de mi psique y logró reorganizar impresiones y conceptos del mundo. Lo más aparatoso, los cadáveres en formol del tiburón y los corderos crucificados, no me impactó ni me atemorizó ni puso en escena imaginarias matanzas teñidas de sangre, como ocurre a otras personas. No, su obra tocó zonas muy sutiles, relacionadas con esa fragilidad humana que empecé a percibir más agudamente a partir de una experiencia quirúrgica. Y cosas similares sucedieron a otros. La fotógrafa mencionada, quien no sólo detesta la zona mercadotécnica del fenómeno Hirst sino que duda de su autenticidad artística, fue a dar al hospital una semana antes de la inauguración por deshidratación. Extrañada, me contó que mientras estuvo encamada sólo pensó en el inmenso tiburón original flotando en formol. Es decir, otra vez la fragilidad de nuestra condición. Alguien más, un pintor y escritor a quien chocó la muestra, vio los gabinetes de medicinas y se puso a hacer cuentas para ver si cabrían allí las dieciocho mil pastillas que tomaba por un mal diagnóstico. Otra artista muy joven estuvo llorando durante la mañana siguiente a la fiesta porque recordó experiencias infantiles de violencia, con lo cual desconfió aún más de Hirst y del poder que tiene para provocar emociones. “Esto no es arte. Esto es manipulación”, reflexionaba después. Citemos aquí un fragmento de una entrevista entre el célebre ex punk que hizo en 2004 la escultura Virgin Mother para provocar, y quien esto escribe (puede leerse completa en ARTEVEN.COM). -¿Cuál es la frontera entre el arte conceptual verdadero y la mera ocurrencia? -Si vas a una galería y sales con más de lo que traías al entrar entonces es, bueno... es arte. Si sigues pensando en lo que viste una semana después es arte. Si sales y lo olvidas, no lo es. -El tiburón fue vendido a un coleccionista de Nueva York... ¿Qué piensas del mercado del arte en relación al arte conceptual? -Aún no se concreta esa venta pero hay que mantener separadas las dos cosas. Tienes que respetar al dinero porque es algo muy importante en la vida. No necesitas amar el arte para hacer dinero en los circuitos del arte. Siempre digo que el arte se trata de la vida y que, a la vez, se trata del dinero. Lo que yo hago se basa en amor al arte, no en el amor al dinero. [En algún momento Hirst se distanció de Saatchi y le recompró algunas obras suyas pero prefiere no hablar sobre ello].
DAMIEN HIRST: Adán y Eva bajo la mesa, 2005 Fotografía cortesía Galería Hilario Galguera
IV. ¿Con qué se come el Poder? El tema Hirst no sólo es polémico sino delicado. Una escritora amiga califica su obra de frívola e indignante. Un sector de críticos menores de 40 –Miriam Mabel Martínez, Rocío Cerón, Luz Sepúlveda, María Minera– lo considera un fraude. Otro sector crítico de mayor edad –Teresa del Conde y Germaine Gómez Haro– apreció mucho la muestra en textos minuciosamente descriptivos. ¿Qué pasa que Hirst suscita tal pasión alrededor suyo? ¿Cambiaría la percepción si no estuviera tan millonario y tan inmerso en el mercado del arte contemporáneo? Este artista, es un hecho, ha querido retomar el temor colectivo convocado por Steven Spielberg en el emblemático Tiburón de los 70, cinta alegórica en homenaje a Alfred Hitchcock y sus pájaros encarnando el Miedo ontológico de todos tan temido. Hoy el tiburón en formol no sólo ha salido de la galería eduardiana del Támesis, ubicada cerca del London Eye y frente al Parlamento inglés, sino que ha parido un segundo tiburoncito exhibido en la Ciudad de México como parte, ¿mercadotécnica tan solo?, de la muestra La muerte de Dios... con blasfemos corderos de rodillas rezando el rosario para sugerir que Dios está ausente de la vida humana.
El tiburón gigante no pudo venir porque, se dijo ya, fue vendido por papá tiburón Saatchi a un anónimo-tiburón financiero de Nueva York al precio más alto obtenido por un artista vivo. Como ya vio el lector, Hirst no aclaró el gran tema que estará vinculado durante mucho tiempo a su obra: el del $$$$$. ¿La compraventa significó que el centro del dinero mundial se ha desplazado de Londres a la Gran Manzana como sugirió Reuter? De momento es imposible sostener con pruebas tal afirmación, pero el que la prensa haya discutido al respecto habla con elocuencia sobre el maridaje moderno entre arte y poder monetario –léase euros suficientes para comprar en la carísima Inglaterra caserones del siglo XVIII, la Casa Todding Manor, y fundar un museo de arte contemporáneo. Por lo pronto a Hirst le debe haber servido para ser nombrado el artista más influyente por encima de Larry Gagosian, nacido en 1945 y dueño de importantes galerías en Londres y Nueva York; Francois Pinault, coleccionista de Miró, Pollock, Modigliani, Warhol, Picasso y Gauguin; y Nicholas Serota, director de las Tate Galleries en Londres, con cuatro millones de visitantes al año, cifra muy superior a los 900 mil espectadores del Guggenheim de Bilbao.
En este punto es difícil resistirse a citar un pasaje de la novela Sammler´s Planet, de Saul Bellow: “El poderoso disfrute de consumir la respiración de los hombres en sus mismas narices, tragándose sus caras como un Saturno. Esto era lo que realmente parecía significar la conquista del poder. […] la zona media de la sociedad envidiaba y adoraba ese poder para matar. […] Cuánto amaba al hombre lo bastante fuerte para tomar sobre sí una sangrienta culpabilidad. Una élite debía probarse esa capacidad de matar […] un santo había de ser entendido como alguien cuyo espíritu estuviese a la altura del fogoso retorcimiento del crimen en las fibras más íntimas de su corazón. Uno entre muchos sabe cómo asesinar. Un patricio […] La clase media, que no se creó una vida espiritual propia y todo lo invirtió en la expansión material, se enfrentaba con el desastre”. ¿Es miedo superficial y edulcorado lo que provoca la obra de Damien Hirst? ¿Temor a nuestro deseo subterráneo de dar muerte a quien es capaz de hacerlo? ¿O es un miedo profundo a nuestra propia mortalidad? ¿Es o no Arte lo suyo? ¿O es sólo Poder? ¿Con qué se come este nuevo arte de los tiempos del cólera global? Esta cronista confesará algo más para terminar: la primera obra famosa de Hirst, el tiburón titulado La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo, la conoció en Londres y hasta ahora sigue viva en el teatro de su memoria, quizá porque despertó una veta melancólica, tal vez porque desató un fluir de la conciencia en torno a la brevedad de la vida justo al día siguiente del asesinato de un hombre de treinta y pico a quien, en noviembre de 2004, asesinaron, por ser homosexual, seis chavos banda a orillas del Támesis, cuatro blancos y dos negros. Sí. El tiburón me conmovió pero nunca sabré cuánto debe dicha emoción a la muerte del único sobreviviente del bombazo ocurrido en SoHo hará tres o cuatro años. En cambio Lost love -un tanque de agua con 20 carpas nadando en un espacio de 14 x 14 metros, un escritorio y una computadora, algunos instrumentos quirúrgicos, una vieja taza de café bebida a medias y un sillón ginecológico a merced de galones y galones de agua- queda para siempre en ese lugar que ahora llaman alto corazón, presidiendo un agrio combate entre filias y rechazos a este artista.