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GABRIEL OROZCO: Mi obra: el desecho de una situación determinada por mí.
Por Magali Tercero
[información relacionada: Gabriel Orozco en el Museo del Palacio de Bellas Artes]
 
GABRIEL OROZCO
Mis manos son mi corazón (My Hands are my Heart), 1991
cibachrome en 2 partes / 40.6 x 50.8 cm. c/u
Cortesía Kurimanzutto, México, D.F.
pulse sobre imagen para agrandarla
 

INTRODUCCIÓN.
Con motivo de la exposición de Gabriel Orozco en el Museo de Bellas Artes, presentamos esta reflexión sobre una de sus obras más conocidas, Mis manos son mi corazón, realizada luego de un fructífero encuentro entre el reconocido artista inglés Antony Gormley y GO, su joven asistente de 1990 en los hornos artesanales de Cholula, Puebla. La pieza puede ser vista como objeto de barro, y como sujeto fotográfico, hasta febrero 25 de 2007.
México es el lugar donde Gabriel Orozco ha provocado más polémica. En este texto de 2005, la autora comenta la sorpresiva internacionalización de GO en los 90, y su condición de objeto de ciegas admiraciones y enemistades artísticas en su propio país, de donde salió en 1992 a Nueva York, casi ignorado, a realizar su obra nómada con una gran economía de recursos. Mis manos son mi corazón es una de las piezas donde es visible la influencia de Antony Gormley.

 
El conocido autorretrato de Gabriel Orozco titulado Mis manos son mi corazón -torso desnudo, manos al pecho cerradas y luego abiertas en torno a un corazón de barro, dedos impresos sobre la roja materia- me lleva siempre a un lugar específico: Cholula, la ciudad de las 300 iglesias donde el artista inglés Antony Gormley (1948) coció multitud de piezas de barro en los hornos que su joven asistente de entonces, Gabriel Orozco, le consiguió entre los artesanos de la ciudad. Doce o 14 años atrás, un grupo de artistas, críticos y periodistas fuimos invitados a conocer la nueva obra “mexicana” de Gormley. Al entrar a la pequeña construcción de adobe, una multitud nos sorprendió, de pie, mirando hacia la puerta, totalmente indiferente a nuestra presencia: un ejército de diminutos homúnculos, bultos de barro rojizo cuyos rostros y cuerpos estaban formados con una buena dosis de indefinición.

Durante años me he encontrado, aquí y allá, con las fotografías de las instalaciones que hizo Gormley, en Europa y América, con estas figuras hechas en México. Siempre me devuelven a aquel rojizo atardecer decembrino, cuando, al entrar distraída a un cuarto cualquiera en un pueblo mexicano cualquiera, tuve la sensación de estar frente a una doliente Humanidad que pregunta mudamente “Caín, ¿dónde está tu hermano? ¿Qué has hecho, Adán, con los hombres de todos los tiempos?” Sí, una Humanidad anterior a las multitudes de seres en masa atravesando diariamente -indiferentes, anónimos, ciegos de prisa-, los grandes espacios subterráneos del metro londinense, del metro del Distrito Federal, de los subways urbanos de cualquier gran ciudad. Digo, pues: Mis manos son mi corazón conduce invariablemente mi memoria a estas figuras antropomorfas que aquella noche de domingo nos acompañarían -cada visitante pudo elegir y llevarse una o dos a manera de regalo- durante la procesión de los Santos Peregrinos a la que fuimos conducidos por la gente del pueblo. Los amigos con quienes viajé a esta ciudad -el dramaturgo Juan José Gurrola, la crítica inglesa Lorna Scott Fox y la pintora Gabriela Gutiérrez, entre otros-, quedaron detenidos en el tiempo gracias a una polaroid donde todos están llevando en andas al Niño Jesús por las calles de Cholula, cada cual con su respectivo homúnculo depositado en algún lugar del saco o de la bolsa.

EL GRAN GOMBRICH ENTREVISTA HUMILDEMENTE AL JOVEN GORMLEY
La relación de todo resto con la obra de Gabriel Orozco fue aún más evidente hace apenas seis meses, cuando encontré en una atestada librería de Londres un volumen donde un humilde E. H: Gombrich (¿cuándo aprenderán la humildad algunos de nuestros entes pensantes de México?) entrevista al joven y consagrado Anthony Gormley. De pie -leyendo con una especie de fervor ateo las reflexiones de Gombrich sobre lo espiritual y los ángeles en la obra de Gormley-, de pie, pues, leyendo unas cuantas palabras de este artista sobre su amor al barro, “en él se imprimen las huellas del hombre”, volví a Cholula, a la vívida imagen del rojo y estrujado corazón óseo de GO. Hoy, mientras escribo estas líneas, encuentro una frase suya que completa tales impresiones: “La obra Mis manos son mi corazón está influida por un taller de barro para hacer ladrillos”, dice Orozco a un crítico estadunidense, “una materia tan orgánica que se transforma en rectángulos y de una manera bastante artesanal... Cuando menos en México, en este taller”, según se lee en Textos sobre la obra de Gabriel Orozco, publicado recientemente por Turner y Conaculta, con textos de Daniel Bimbaum, Francesco Bonami, Guy Brett, Benjamín D. GH. Buchloh, Jean Fischer, Mark Haworth-Booth, James Lingwood, Molly Nesbit, Ann Temkin y Hans Ulrico Obrist.

En el prólogo de este libro, Pablo Soler Frost -escritor nacido en 1965- hace una afirmación que me atrae aunque dudo que GO haya trabajado bajo una premisa similar: “Lo que más me sorprende de algunas piezas [...] es que muestran, sin querer, la sagrada regularidad del cosmos: de ellas surge una imagen del orden anterior a nosotros mismos [...] El dictum bíblico: ´Polvo eres y en polvo te convertirás´, aparece también en estos paisajes de nuestra erosión”. No sé si concuerdo con Soler Frost, sólo sé que me gusta mirar así la obra de GO. Esta recopilación de ensayos y entrevistas, escritos entre 1993 y 2004, era necesaria para México, el lugar donde el artista ha provocado más polémica. Su sorpresiva internacionalización, en los 90, lo convirtió en objeto de ciegas admiraciones pero también de apasionadas enemistades artísticas en su propio país, de donde salió en 1992 hacia Nueva York para realizar su obra nómada con una gran economía de recursos en todo tipo de espacios públicos y privados. Como se dice en la contraportada del volumen, “cruzar entre charcos con su bicicleta, soplar su aliento sobre un piano, pasear en motocicleta hasta encontrarse con otra idéntica y desordenar supermercados es parte de su oficio para transformar el paisaje artístico que lo rodea”.

De especial interés, por mostrar la evolución en su pensamiento artístico, resultan las cuatro largas conversaciones sostenidas entre 1998 y 2004 con Buchloh, profesor de Teoría Crítica y Arte Contemporáneo en la City University of New York (en una de ellas estuvo Molly Nesbit, editora de Artforum). Sinteticemos, pues, en versión libre y para cerrar esta nota, algunas declaraciones de un artista considerado por algunos como uno de los pocos que ha comprendido a Marcel Duchamp.

 
ANTONY GORMLEY: Field, 1991
ANTONY GORMLEY: Field, 1991
terracota / medidas variables (aprox. 35,000 figuras /c/u 8-26 cm. de altura
terracotta / variable size / (approx. 35,000 figures) / each 3"-10" tall
 
LOS COMIENZOS.
La primera acción fue en el exterior de una carpintería de Madrid. Comencé a jugar en la calle con tablas y virutas, moviéndolas. Llovía y estaban mojadas. Comencé a hacer formas, como rompecabezas. Tomé fotografías [para documentar]. No conocía del todo el arte conceptual.

LA FOTOGRAFÍA.
Nunca creí que fuera suficiente como recipiente de todas las ideas que podía llevar a cabo, y actuar en términos de espacio. Me gustaría considerar mi obra como resultado, subproducto o desecho de una situación determinada por mí. Es por eso, tal vez, que no puedo separar la fotografía de mi práctica escultórica.

EL ESPACIO.
Al hablar de éste no me refiero a un cubo blanco. Me interesa jugar con la relación entre lo interior y lo exterior en la escultura, así como entre la calle ruidosa y cubierta de polvo y el espacio blanco y limpio del museo, entre lo privado y lo público, que a fin de cuentas se comunican siempre entre sí, oponiéndose. La pregunta pertinente es, ¿qué es el espacio? Me gustaría que mi modelo social fuera mi departamento. Evitar la idea de un estudio o de una fábrica, y hacer mi trabajo, desde un lugar común y corriente. Es fascinante que Rodchenko y Manzini pensaran el espacio de una manera tan abstracta.

LA ESCULTURA.
El término” escultura” nos limita mucho. En mi trabajo intento vincular cómo en la realidad existen objetos que pueden verse para no tocarse. Al mismo tiempo una mesa, una pluma pueden tocarse... Estas distintas formas de interactuar en la realidad se forman culturalmente. La mano y el cuerpo en sus relaciones con los objetos y las ideas que subyacen tras el lenguaje y la acción para producir su signo [...] activar un espacio entre el signo y el espectador. De verdad pienso que la escultura prehispánica, especialmente la teotihuacana, es muy importante para mi trabajo. Con Pelota de hule definitivamente estaba pensando en la escultura prehispánica.

 
 
EL POLVO Y LA PELUSA.
Todo lo que acumula polvo y pelusa se vuelve solamente una superficie. Una ventana con polvo se vuelve una pared; una pintura con polvo tiende a volverse un objeto aplanado de nuevo. La pintura intenta crear una ilusión de volumen, perspectiva o luz, pero el polvo es la fuerza contraria a esto. Es estaticidad, lo cual es una manifestación de la gravedad y del cosmos comportándose sedentariamente. Estar vivo es desempolvar las cosas. La pelusa es una combinación de piel muerta, pelo y materia textil que se acumulan en las lavadoras. Cuando lo descubrí me dije: “Esto es, a grandes rasgos, una especie de trama; es un tejido caótico, pero es un tejido”.

LA MATERIA Y EL ÁRBOL.
Todo el tiempo tenemos experiencias con la materia. Al caminar por la calle el pavimento es una materia. La materia pura nunca ha existido. La materia pura, así sea una piedra, no es pura. Como no lo es un árbol ni el pasto ni el metal del banco del parque, ni el plástico que sientes al viajar en un coche. La materia se percibe socialmente. La naturaleza también. Esta complejidad la pienso muchas veces relacionada con la idea de un árbol. Mi sueño es hacer algún día una obra tan fantástica y tan perfecta como un árbol. Los árboles tan raros, tan sorprendentes y misteriosos en relación con la gravedad y el crecimiento... Otro ejemplo es mi relación con el barro.

EL CUERPO.
Importa el cuerpo pensante: la mesa, por ejemplo, y su relación con el cuerpo y los objetos que se ponen sobre ésta. El cuerpo como un recipiente también. Mis manos son mi corazón no es algo tan artesanal o tan primitivo. Es mucho más que un simple gesto. La inteligencia en un gesto simple que lo hace funcionar como algo más sofisticado.

READYMADE.
Mural Sol es un mural readymade. Las tapas de yogurt en los muros de un museo son la versión búlgara del readymade. Cuando llegas al espacio de exhibición te encuentras con un objeto que está ocupando todo y nada. El mural es una pieza muy fuerte, pero al mismo tiempo es reconocible inmediatamente y te das cuenta de lo que es... y es bastante banal.

EL VACÍO.
Es la negación total y su afirmación. En Caja de zapatos ves la nada completita. No estoy hablando en términos espirituales ni místicos.

 
 
CRÉDITO.
 
Publicado en Fahreneit. Arte Contemporáneo (Agosto–Septiembre 2005)
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