Chicas al borde de una nueva identidad.Hace una semana fui al cierre del curso de Pancho López, artista del performance y funcionario del Museo del Chopo que ha estado presentando en el Metro a artistas como
Lorena Orozco Quiyono (durante cuatro horas decenas de usuarios permitieron que ella dibujara, a línea y sobre una gran vidriera, sus siluetas y rostros para componer un mural efímero que recordaba el
Sueño de una tarde dominical en la Alameda de Diego Rivera). Cuando en septiembre pasado López preguntó los motivos de cada cual para incorporarse al taller, las discípulas esgrimieron razones como “complementar mi preparación teatral, aunque el performance no es representación sino presentación”, o bien “porque en mi ciudad no hay dónde estudiar performance”, como dijo Yuyén Gómez Maqueo, una chica sonorense cuyo trabajo consistió en colgar de una cuerda delgada montones de figuritas recortadas en papel rosa y azul y, simulando ser el capataz de una fábrica, atajar con saña a los productos con desperfectos. Esta guía se río mucho, pero nunca dejó de sentir en el pecho una pequeña opresión que por momentos amenazaba con crecer y desbordarse, debido, tal vez, a los enérgicos tijeretazos en la entrepierna de los asexuados muñecos azules para fabricarles un falo picudito doblado hacia arriba para semejar un sexo erecto. Las siluetas bailaban al son de “La chica de Ipanema” y aparecían en parejas, pero sucedía que en lugar de un muñeco azul y una muñeca rosa tomados de la mano, como debía ser, aparecían anomalías tales como dos mujercitas encariñadas o una figura femenina con cabeza de tigre acompañando a algún hombrecito sin falo. Entonces nuestra novel performancera, con 19 años, mostraba irritación y, como ya se dijo, controlaba la situación a tijeretazo limpio. A algunas figuras les pegaba unas caderas medio mal hechas para transformarlas en mujeres, a otras les reconstruía la cabeza de fiera, a las lesbianas las separaba y les asignaba un chico que desde luego no figuraba en su sueño azul de amor. Al final repartió una especie de túnica de papel rosa con un agujero en la cabeza y muchas nos la pusimos contentísimas. “Yuyén, faltaron los trajes azules de los varones”, le dije, con el dedo índice derecho bien enhiesto frente a sus gafas, mientras una muchacha afirmaba con risas no querer exponerse a un juego interactivo y otra retaba a su novio a ponerse el vestido rosa.
Este performance condujo a esta guía a pensar: 1) en alguien que contó, en un restaurante de la Condesa, cómo se soñó con un falo enorme tras abandonar a uno de esos esposos ahora bautizados como “controladores” por las nuevas generaciones: activos provocadores de confusión emocional en las mujeres a base de frases ambiguas y ternuras y violencias alternadas; 2) el delantal con el David de Miguel Ángel impreso en blanco y negro, que hace poco transformó a una conocida en una hilarante visión andrógina ante el fuego de la estufa; 3) en la percepción general de que este ejercicio alrededor del tema de la identidad bajo el título de Estrógeno llevó a varias a tocar el tema de la opresión y el ocultamiento del cuerpo por medio de apretados vendajes. Una de ellas, Allin L. Reyes, autora de un excelente performance sobre los papeles impuestos por la sociedad, se limitó a decirme: “nosotras lo permitimos”. ¿Todo esto es “empoderarse”, como se dice ahora sin sentido alguno de la belleza sonora del lenguaje? En todo caso muestra un dilema que la mujer latinoamericana nomás no resuelve: mostrarse como objeto o asumirse como persona. No se ha logrado mucho, lo vemos en nuestros maquillajes espesos y coloridos, en los altísimos tacones que alguna militante acostumbraba portar en las manifestaciones por la justicia social para enfatizar sus curvas enfundadas en pegadísimos vestidos. “Qué raro y contradictorio es todo”, piensa a veces esta guía, aunque todo parezca tan normal.